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Papelillos a la mar         Papelillos a la mar

                Por Alfonso Arizcun

martes, 11 de agosto de 2009

CON EL PASO MOJADO

Por una tarde de otoño se perdía, tristísimo como pocos, trashumante -nostálgico- del amor. Las gotas, diminutas, jugaban chispeantes en el aire resistiéndose a mojar el suelo, a merced del viento aliado que las devolvía hacia las nubes revolviéndolas en mil cabriolas que le empapaban el rostro.

De su cara oreada estremecían dos ojos melancólicos, indiferentes a su paso, ahormados, a fuerza de dolor, en su interior; dos ojos que, de nuevo, contemplaban un palo tosco, punzante, enramado, de flores marchitas y frutos agostados, de lo que pudo ser y no fue, de lo que quiso ser y no pudo, sin probanzas siquiera, sin oportunidades generosas.

Ajeno a las miradas furtivas que le asaltaban, recordó el amor divino y el humano. Mas ahora era el humano. Se descubrió sinceramente añorante, fatalmente añorante, estúpidamente añorante, pero añorante al cabo. Trataba de alejarse de un amor obsesivo y sincero, mas sus pasos, obstinados, siempre acababan por pasearle en pos de su olor, embriagador, absorbente. Y, al correr de sus pasos, volvía a recordarla, y caminaba con ella, y lloraba.

Una sonrisa forzada asomó desde una esquina y con una mueca hipócrita le devolvió el saludo. Ni siquiera sabía quién era, y eso le agradó. No le gustaba encontrarse con amigos en sus paseos estériles, pues sólo él entendía de su tristeza, de su corazón pegadizo, de su enamoramiento fácil, de su sentimentalidad extrema. Por ello es que prefería recordar en soledad, ser misántropo a la fuerza y acercarse fugitivo sin más testigos que su propio dolor.

Las gotitas de lluvia calaban secretamente, sin anunciarse. Aspiró desde sus labios profundamente y extrañó el humo caliente picándole la garganta. En vano porfió en volver a encenderlo, pues las hebras capturaban incesantemente chispitas de agua y se burlaban de aquella, fugaz y luminosas, que pugnaba por convertirlas en ceniza. Lo retiró de sus labios y reparó en su humedad. Sus ojos permanecieron fijos en él, mientras su rostro apuntaba e destello de una burla amarga, de desaliento: era inútil insistir en lo que ya estaba apagado. Y pensó en ella, y lloró.

Lanzó el cigarrillo con rabia contra el suelo y en un instante quedó empapado; tan mojado como el beso apasionado de dos novios que, abrazados en la intimidad de su coche, jugaban al te quiero y al ¿me quieres? Y se sorprendió envidioso de amores ajenos, celoso de otros amores.

Un leve clarear despuntó en el cielo, como de amanecida, sin permitirse alejar totalmente el claroscuro de la tarde. Las chispitas de agua eran casi imperceptibles, nada mas intuidas por su suave y frío chispoteo sobre la cara. El rayo de sol, tamizado por las nubes, se adivinaba cercano, pugnaba por precipitarse sobre la ciudad mojada. Al fin, las hojas caídas, brillantes de agua, reverberaron doradas y, al calor, comenzaron a arrugarse.

Pensó que era injusto; que una tarde tan triste no podía ser de luz, ni de brillos, ni de trinos de gorriones. Pensó que era injusto que, también su tarde, intentasen robársela sin apenas haber percibido su olor, sin haber llegado a rodearla fugitivo, sin haber intuido su presencia cercana o, tan siquiera, imaginado el sabor agridulce de un encuentro improbable.

Las aceras fueron poblándose de gente, como hormigas rescatadas de su seco y obligado cobijo al punto de percibir el cese de la lluvia. Abandonaban los techados como hordas lanzadas por una mano misteriosa hacia la confusión. Avanzaban en turbas que revolvían el aire en bocanadas nerviosas de trajines y gritos, arrebatando su soledad a la tarde y apabullándole. Sintió que se le negaba su intimidad, que cientos de ojos le espiaban jocosos burlándose de su absurda marcha hacia lo vano. Creyó adivinar entre la multitud a la pareja con la que poco antes se había sorprendido celoso de su amor; y, contemplándoles, la recordó, y lloró.

Esa ya no era su tarde. Pensó en dar media vuelta y regresar. Deseaba esconderse, escaparse de esa tarde que ya no era la suya, alejarse de tantas miradas que le perturbaban y que le hacían sentirse extraño en su ciudad. Mas en un instante apareció frente a él, dolorosamente erguido ante su mirada, como el guardián infranqueable de un tesoro hallado y al poco perdido. Sabía que ella estaba allí, en algún rincón incierto de ese laberinto de pasillos y aulas; y un hormigueo le recorrió el cuerpo.

Se detuvo bruscamente. Una amalgama de deseos confusos atenazó su mente. Pensó que deseaba verla, pero, al mismo tiempo, temía encontrarla: no sabría qué decirle, o ¿cómo justificar su presencia en aquel insospechado lugar? Seguramente una excusa sobre algún amigo o sobre algún encargo o sobre cualquier excusa sacada al vuelo por su boca; después un adiós sonriente con un hueco "ya nos veremos" y la amarga desazón de otro despido irremediable.

Comenzó a caminar al hilo de su fragancia, hollando seguramente sobre las mismas pisadas que en otro tiempo fuesen compañeras de las suyas. Su mirada se detenía obsesivamente en cada coche aparcado a su alrededor, esperando reconocer una matrícula distinta para él a las demás, como un cazador que busca huellas sabiéndose cercano a su presa.

Se aproximaba tímidamente hacia la entrada principal. Refrenó el paso y cambió de acera. Oteó secretamente desde lo lejos por entre las ventanas empañadas de vaho, y sólo vio el tenue resplandor de unas luces difuminadas en los cristales. No esperaba encontrar otra cosa, pero nadie podía arrebatarle esa ilusión, ese leve hormigueo de sentir, por un momento, la incertidumbre de su presencia e imaginársela tras aquellos esmerilados ventanales.

Acabo por rodear el edificio, sin que nada ni nadie alterase su andar desangelado. Ni una sola muestra tangible de su presencia: ni una voz, ni la matrícula de un coche, ni la silueta familiar en la ventana. Nada. Sin embargo, la sabía cercana y esto le bastaba. Se había acostumbrado a pasear su tristeza desnuda por entre fragor cotidiano de calles sin rumbo, buscando una presencia que se le hacía esquiva, persuadido de que tan sólo se encontraría consigo mismo o, tal vez, con sus recuerdos. Por ello es que, ahora, sabiéndola cercana, capturaba por unos instantes los halos de su presencia y eso le bastaba. Y, al saberla tan próxima, la sentía, y lloraba.

Las nubes tornaban a empalidecer al sol, hurtándole sus colores a un ocaso apenas iniciado y disolviendo el cielo en un frío y monótono gris azulado. Se respiraba un aire húmedo que rápidamente impregnaba el ambiente de olores recordados: de frescura de hierba, de tierra removida, de brisa suave cuajada de campos.

Mientras se alejaba pensó que esa noche también soñaría con ella, que sería feliz a su lado, que la besaría, que la apretaría entre sus brazos con tanta fuerza como la quiso un día. De pronto, sintió vergüenza y pudor. Se avergonzó de haberla espiado, de haber acechado su presencia como un ladrón. Se le vino a la boca un sabor amargo de arrepentimiento y zozobra. Se imaginó como un profanador que mancilla la quietud de un recinto sagrado. Y lloró.

Las luces comenzaban a encenderse, arrebatando a la ciudad en una titilación prematura. Apremió el paso. Las fulgurantes farolas jugaban con su sombra, alargándola y reduciéndola, en una serie agitada de alternancias constantes. Sus ojos volvían a perderse ahondando en su interior, ignorantes de la creciente negrura que los recorría. Sintió un frío chispeo en la cara. Las gotitas de lluvia se alumbraban en la luz de las farolas dejándose caer perezosamente, livianas, como sin peso. Pensó que, al menos, podría fundirse con la noche, con esa noche que por fin era la suya. Levantó la mirada... y el semáforo volvía a iluminarse en rojo.


FIN

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